Por: Wilmer Monroy

Es bien sabido que los colombianos tenemos un historial electoral que podría llamarse por lo menos ‘complicado’, como por no decir otra cosa, si entendiéramos como ‘complicado’ una sumatoria de ataques sistematizados entre ideologías de diferentes colores, no solo físicos, sino también psicológicos y personales, por lo general de mal gusto, altamente parcializados y con muy poco sentido del humor. Yo mismo soy el primer culpable de este último.

De lo que si no quiero ser culpable es de negar que todas y cada una de las ideologías, y todos y cada uno de los colores políticos que dominan nuestra fauna, han cometido y lamentablemente, (muy posiblemente) seguirán cometiendo diferentes tipos de crímenes, hacia los cuales tienen y tendrán una ceguera hermosa y convenientemente selectiva que solo les permite ver los pecados de las personas que profesan creencias políticas de lo que llaman “la otra orilla” sin querer ver que estamos todos metidos dentro de la misma pecera. Por esto es que quiero a continuación, proponer un listado de recomendaciones que, desde mi punto de vista de ser humano promedio lleno de errores y contradicciones, pienso que nos podrían ayudar, tanto a tomar una decisión tranquila para ejercer nuestro derecho a tener una democracia imperfecta pero necesaria, como para conservar nuestra poca cordura.

1. No difamar a tu prójimo. Tu vecino y/o compatriota no es un enemigo, por más que ponga música muy alto y no se bañe los domingos o de que los posters que pegue en la ventana no cambian el hecho de que somos seguidores de la misma selección de fútbol y cantamos los goles más o menos al mismo tiempo por culpa del delay del internet.

2. Tener memoria. Esto es importante, no para alimentar el odio que hay por las cosas que hicieron los unos en contra de los otros y usar esa sangre para generar más sangre. Todo lo contrario, la memoria es importante para observar un lugar al que debemos evitar volver. Las heridas se dejan cicatrizar hasta sanar, no se les sigue metiendo un cuchillo y raspando con las piedras para después quejarnos porque la sangre nos mancha la ropa.

3. El fin no justifica los medios. En estos días y para ser honesto hace un par de años ya, está de moda una camada de candidatos que nos venden un sistema basado en la solución instantánea, siempre culpando al otro, mostrándose como que ellos son los buenos y el resto, que para este caso práctico son los que no votan por ellos, son los malos. Dicha solución instantánea está basada en eliminar de la ecuación a esos “malos”. Las soluciones siempre deben ser más complejas que eso.

4. No eres tan importante como crees. La triste realidad es que nosotros no les importamos, por más buenas intenciones que ellos tengan en que su modelo de gobierno sea el ideal para poder administrar un país. Nosotros no somos más que macrodatos que se muestran en una pantalla hecha por niños explotados en países en iguales o peores circunstancias que el nuestro y estos seres vivos se usan para mostrar que saben mucho del país que quieren manejar.

5. Entréguese al nihilismo. La verdad es que nada de lo que pase en unas elecciones importa: el futuro es incierto gane o no mi candidato de cabecera. Mañana podría llegar una civilización menos inteligente y nos convierta en zona de guerra, o un fantasma rojo y nos homosexualice a todes. Por ninguna de esas opciones vale la pena pelear con las personas con las que trabajamos día a día, hombro con hombro y poner en peligro la lechona de diciembre, la natilla con buñuelo y esos kilos de más con los que pelear en enero.

6. La democracia es imperfecta. El listado de líderes autoritarios que se han aprovechado de sistemas que en teoría pretenden ser democráticos para llegar al poder y tomárselo es directamente proporcional a los que lo han intentado y no lo han logrado. No hace falta ni siquiera señalar un color político, estamos llenos de ejemplos de todas las tendencias. De buenos ejemplos de autoritarismos que muestran números bonitos diciendo que todo está bien, mientras que al frente tienen otro color mostrando números que muestran que todo está mal. Perdiendo el punto de lo que debería ser la democracia, que es la búsqueda de un consenso con el que podamos mejorar como conjunto, convirtiéndolo en un concurso de tamaños y pecheadas altamente simiescas.

7. Tener conciencia de la importancia del voto. Vivimos en un país en el que menos del sesenta por ciento de la gente habilitada para votar ejerce su derecho. Lo cual es comprensible, hay mucha gente para la cual es difícil llegar a sus puestos de votación o que directamente sienten que por más que vayan o no vayan a marcar ese papel las cosas siguen igual para ellos y no vale la pena el esfuerzo de moverse a su lugar de votación. Yo mismo he pasado mucho tiempo sin votar por culpa de la desesperanza que genera el ver que cada elección terminaba con los mismos resultados. Con esa desesperanza de vivir en un lugar en el que la violencia es paisaje. Lo cual es una contradicción muy grande porque de la gran parte de Colombia en la que he tenido la suerte de estar conociendo gente, siempre me he llevado una imagen cálida de sus habitantes, siempre me he encontrado con gente cansada de vivir con miedo, con gente que trabaja mucho más de lo que debería ser necesario para poder garantizar su bienestar. Necesitamos mirarnos al espejo y darnos cuenta que merecemos y necesitamos líderes que nos unan como conjunto y generen ambientes propicios para alejarnos del ambiente violento en el que nos obligan a estar.

8. Desconfiar de las religiones que se mezclan con la política. Las religiones son de carácter dogmático, no son dadas a discutir sus enseñanzas, cada una de ellas tiene su “verdad” que se considera divina e inflexible. No creo que eso sea necesariamente malo. Cada una de ellas está basada en un libro sagrado escrito por inspiración divina, los cuales se estructuran, más o menos, con su respectiva mitología de la creación, historias de sus primeros pueblos elegidos y sus normas antiguas, unas batallas con mucha sangre, la llegada de su respectivo mesías y pronósticos de cómo se terminará el mundo. Con todo esto, me quiero quedar con que el mensaje principal o la moraleja de estos se basa en el principio de “tratar al prójimo como te tratarías a ti mismo”, basando esto en el respeto a sus iguales y velar por el bienestar de los que te rodean. Esto es maravilloso, es un mensaje muy bonito que todos deberíamos poner en práctica. El problema está en cuando el líder religioso de turno deja embriagar de poder y comienza a transformar su labor cómo orientador espiritual a líder político, aprovechando por el camino, que sus seguidores, al ser partícipes de un grupo pasado en dogmas, no van a negarse en depositar su voto a favor de él estos personajes, siempre con la mejor de las intenciones, pero muchas veces basados en la parte de su libro sagrado con leyes de hace más de un par de milenios… con el agravante de que vivimos en un país laico, en el cual la libertad de culto debe estar garantizada y no se debe imponer una creencia de ninguna forma, mucho menos cuando estas creencias se interponen en muchas libertades individuales.

9. Y hablando de libertades, siento que hay una especie de malentendido. El punto de defender la libertad, es defender la libertad de que cada quién pueda tener sus derechos garantizados, no de defender la libertad de atacar a otras personas porque hablan diferente a mí o porque piensan diferente a mí.

Quiero terminar haciendo una reflexión recalentada sobre lo hermoso que es poder discutir sobre diferentes temas, ideologías y hacer que esas discusiones nos hagan pensar sobre cómo podemos mejorar cada uno, en vez de pensar cómo podemos hacer que el otro piense como yo. Nosotros no somos más que unos simios bípedos que contienen suma de imperfecciones y mucho ego. Si le bajásemos un poquito cada día a ese último, yo soy un convencido de que las cosas mejorarían mucho en poco tiempo.


Las imágenes de esta columna fueron hechas con Inteligencia Artificial. Obviamente, menos la del Wilmer vestido de Moisés.

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